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Mientras que la resaca de los Goya se va alejando, yo sigo intentando sudar los restos de dos de las películas que más me impactaron. No soy muy original: hablo de Los domingos y de Sirat, las dos cintas más relevantes de la ceremonia, que tienen poco que ver entre sí y que a mí, además, me provocaron reacciones muy diferentes. Ha estado bien dejarlas reposar porque mis primeras sensaciones se han ido matizando.

Pero yo vengo aquí a hablar de otra cosa. Las grandes protagonistas de los Goya de este año son tan distintas que, vistas desde la comunicación política, me sirven de excusa para representar dos modelos opuestos de cómo dirigirse al público.

Los domingos es una película que plantea preguntas, muestra puntos de vista diferentes y evita dar respuestas fáciles. Sirat, sin embargo, es un espectáculo hipnótico que te envuelve con imágenes y musicón electrónico hasta el punto de que, si alguien me preguntara exactamente qué es lo que quiere decir, tendría que contestarle (bailando): “Yo qué sé, ¿importa?”. Las dos funcionan, pero cada una puede representar una idea muy distinta de cómo tratar a la audiencia.

 

La utopía democrática de 'Los domingos'

Alauda Ruiz de Azúa, directora de Los domingos, parece tener una idea muy clara de lo que quiere contar, pero evita imponérsela al espectador. En lugar de construir un relato cerrado, deja huecos. Muestra contradicciones. Abre preguntas. En otras palabras: confía en la capacidad del espectador de llegar a sus propias conclusiones. Confía más que yo, de hecho, que eché de menos algún subrayado que dejara clarísimo el papel manipulador de monjas y curas. Me sobró sutileza.

Alauda es más elegante que yo. No trata al espectador como alguien a quien hay que llevar de la mano hasta una conclusión, sino como alguien capaz de llegar hasta allí por sí mismo. Hay una estrategia deliberadamente horizontal en la manera de narrar: se presentan distintas perspectivas y se invita al público a construir su propia interpretación. Desde el punto de vista de la comunicación política, este modelo tiene algo de utopía democrática. Es la idea de que el público no es solo audiencia: es ciudadanía. Gente capaz de escuchar argumentos, comparar matices y llegar a conclusiones propias.

 

En un ecosistema mediático saturado, pedirle al público que reflexione puede ser pedir bastante.

El problema es que ese modelo tiene un pequeño inconveniente: exige esfuerzo. Pensar, cuando vivimos en constante precariedad, cuesta. Procesar ambigüedad, también. Y, en un ecosistema mediático saturado, donde cada día competimos con miles de estímulos, pedirle al público que reflexione tranquilamente puede ser pedir bastante. Comunicar así implica tratar a la audiencia con respeto pero también confiar en que esta esté dispuesta a hacer su parte del trabajo.

 

'Sirat' o el poder del 'storytelling'

Luego está Sirat. Una película que entra por los ojos, por los oídos y probablemente por el bulbo raquídeo. Imagen hipnótica, música envolvente, sorpresas, giros de guion… ¡boom! Yo quería quedarme a vivir en una rave del desierto, pero si alguien me hubiera pedido que dijera qué quiere contarnos exactamente Óliver Laxe, la verdad que no hubiera sabido qué decir. ¿Importa realmente el mensaje? Escucha la música. Este es un modelo de comunicación muy familiar para cualquiera que observe campañas políticas contemporáneas.

 

Mola tanto cómo lo cuenta que me da un poco igual lo que cuenta. De hecho ¿cuenta algo?

Aquí el objetivo no es tanto que el público comprenda sino que sienta. No se busca reflexión sino impacto. Mola tanto cómo lo cuenta que me da un poco igual lo que cuenta. De hecho ¿cuenta algo? Frente a la discreción de Alauda tenemos a Óliver: un director mesiánico, guapo, con carisma, que marca el ritmo, controla la narrativa y te aturde con plot twists sin sentido hasta que al final no sabes qué quiere contarte pero te atrapa cómo lo hace. De hecho, él es el primero que sabe cuánto mola. Y, claro, esto también funciona.

 

Reflexión vs emoción

Si me dejáis seguir con mi comparativa cogida con pinzas y llevamos estas formas de narrar al terreno político, nos encontramos con dos modelos: uno, que trata al votante como ciudadano, como alguien con quien dialogar, dispuesto a escuchar, matizar y construir su propia posición; y otro, que parece hablarle a un votante espectador, alguien que consume política como consume entretenimiento, que responde a emociones claras, historias potentes y personajes magnéticos. El primero requiere tiempo, contexto y paciencia. El segundo funciona perfectamente en formatos rápidos, redes sociales y campañas diseñadas para captar la atención en pocos segundos.

 

Conviene acordarse de Debord y pensar si queremos tener una sociedad de ciudadanos o de espectadores.

Nos repiten una y otra vez que las estrategias que apuestan por el diálogo, los argumentos y los matices son menos efectivas, ya que necesitan del esfuerzo a la ciudadanía; y que las efectistas, en cambio, simplifican ese contrato. Ofrecen emoción inmediata, conclusiones claras y una narrativa fácil de seguir. El público no tiene que hacer nada.

Es fácil caer en la tentación, pero conviene acordarse de Debord y pensar si queremos tener una sociedad de ciudadanos o de espectadores. Es sencillo decir esto cuando hablamos de proyectos pequeños, comunicación a nivel local, procesos lentos o movimientos sociales, pero ¿es posible en el estado de campaña permanente que vive hoy la comunicación política?, ¿es posible comunicar con lógicas comunitarias en el epicentro del capitalismo? No tengo soluciones, por eso veo tantas películas.

 


Macarena Hernández es investigadora en memes, feminismos y cultura pop, y profesora en la Universidad de Cádiz.

 

 


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